El sector maderero PyME argentino, particularmente el que opera en la región NEA, se encuentra en una encrucijada marcada por problemas de carácter estructural que minan su competitividad global. El Ing. Aldo Grasso viene desarrollando desde hace varios años un análisis propositivo que identifica esos factores en tres pilares:
- La baja escala productiva en comparación con estándares internacionales
- Una tecnología obsoleta
- La ineficiente integración vertical que ha caracterizado su desarrollo.
En su tercera participación en la serie de podcasts “Árboles y bosques”, el especialista aborda la incidencia crítica de la baja escala y la necesidad de una reingeniería creativa para garantizar la sostenibilidad del subsector. También señala cómo la reducida capacidad de producción genera altos costos unitarios y dificulta el acceso a los mercados de exportación, exigiendo a las empresas buscar soluciones asociativas y de articulación para superar el punto de inflexión que define la eficiencia económica.
La baja escala y el costo de producción: la clave del “licuado de costos”
En una actividad productora de commodities básicos, como lo es la madera, la competitividad está intrínsecamente ligada a las economías de escala. La baja escala de los aserraderos argentinos incide negativamente en factores clave, siendo el más relevante el costo de producción. Las empresas de menor tamaño distribuyen sus costos fijos (energía operativa mínima, personal técnico, mantenimiento, seguros y certificaciones) sobre un volumen menor de metros cúbicos producidos.
Este fenómeno es conocido como licuado o disolución de costos. Un concepto contable que explica cómo la división de costos fijos sobre un mayor volumen de producción reduce drásticamente el costo unitario. Un ejemplo contundente: un aserradero con un costo fijo de U$S 20.000 que produce 200 m³ mensuales tiene un costo unitario de U$S 100/m³. Si esa misma planta lograra aumentar su producción a 1.000 m³ manteniendo los mismos costos fijos, el costo unitario se reduciría a solo U$S 20/m³.
En un sector con una rentabilidad mundial muy baja (estimada entre el 4% y el 6%) y donde los productores son tomadores de precios, esta diferencia de costos es la barrera más significativa. Competir con las grandes instalaciones de Finlandia, Canadá o el sur de Chile, que operan a escalas masivas, se vuelve una tarea extremadamente compleja para las PyMEs nacionales.
Obstáculos tecnológicos, logísticos y la Escala Mínima Eficiente
Los altos costos no son la única consecuencia de la baja escala. Existen factores asociados que generan una espiral negativa de ineficiencia. La pequeña envergadura productiva limita la capacidad de inversión y la posibilidad de amortizar tecnología moderna —como escáneres ópticos, optimizadores de corte, secaderos continuos o líneas de CLT—, volviendo la inversión inviable.
Además, la menor escala se asocia a procesos más manuales y artesanales, resultando en:
- Bajo rendimiento industrial y productividad: La imposibilidad de incorporar sistemas automatizados (como transferidores) mantiene la eficiencia industrial en niveles bajos.
- Desaprovechamiento de subproductos: Los bajos volúmenes de aserrín y chip dificultan su aprovechamiento eficiente, obligando a venderlos a precios irrisorios en lugar de convertirlos en una fuente de recupero de ingresos.
Quizás el problema más crucial es el de la accesibilidad a los mercados internacionales. Los compradores globales exigen grandes volúmenes de producto constantes, una estricta homogeneidad en la calidad, y a menudo, certificaciones como FSC o PFC.
Las PyMEs argentinas, con producción irregular, estándares variables y baja capacidad logística, quedan automáticamente fuera de los grandes contratos internacionales. Esta situación se agrava por la mayor volatilidad económica del subsector PyME, con menor acceso al crédito y escasa capacidad para soportar crisis de precios.
La economía industrial moderna establece un umbral de rendimiento denominado Escala Mínima Eficiente (MEF). El MEF es el volumen anual a partir del cual el costo unitario se estabiliza y permite la competencia internacional. Esta escala se sitúa actualmente entre 120.000 y 250.000 m³ anuales. En contraste, el 75% de las industrias PyMEs del NEA promedia entre 8.000 y 25.000 m³ anuales, lo que subraya la urgencia de la problemática.
La reingeniería del sector debe, por lo tanto, centrarse en medidas muy creativas, ya que la incorporación tecnológica directa es inviable por la falta de capital. La solución planteada es el consorcio entre empresas más pequeñas. Esto permitiría alcanzar la escala productiva necesaria y la articulación con grandes compañías para la prestación de servicios industriales.
Este plan de rescate para el subsector PyME permitirá abordar los otros desafíos estructurales —la obsolescencia tecnológica y la deficiente integración vertical— en futuras intervenciones.
Acceda al podcast del Ing. Aldo Grasso.












